Cuando las montañas daban de beber al mar

Panorámica de la Finca Castillo de Chuecos desde lo mas alto de las ruinas del castillo. Foto: Lucía Córdoba Prieto.

I. Las montañas que guardaban un secreto

Dicen que las montañas tienen memoria. Que las piedras recuerdan los pasos de quienes las habitaron y que, si uno aprende a escuchar, hasta las ramblas secas tienen historias que contar.

En la Sierra de la Almenara, entre Lorca, Mazarrón y Águilas, existen dos antiguos castillos separados por apenas unos kilómetros: Tébar y Chuecos.

Hoy sus muros están desmoronados y el silencio se ha apoderado de sus torres. Pero hace casi mil años, estas montañas no eran lugares olvidados. Por sus caminos transitaban campesinos, comerciantes, pastores y viajeros. Había pequeños asentamientos, tierras de cultivo y comunidades que habían aprendido a convivir con un clima donde la lluvia nunca estaba garantizada.

Y, aunque desde lejos todo parecía seco, las montañas escondían un tesoro.

No era oro, aunque una de las interpretaciones del nombre Tébar lo relaciona con la palabra árabe tibr, asociada a arenas auríferas. Era algo mucho más valioso: agua.

Panorámica del castillo de Tébar. Foto: Lucía Córdoba Prieto.

II. Tébar, el castillo que vigilaba los caminos

En lo alto de un cerro se levantó el Castillo de Tébar.

Sus primeros recintos amurallados podrían remontarse al siglo XII. Los estudios arqueológicos indican que, entre los siglos XII y XIII, existió un asentamiento rural junto a un nacimiento de agua, a los pies del castillo.

Allí se han identificado restos de viviendas, cerámicas, enterramientos y estructuras defensivas. La torre que hoy destaca sobre el conjunto probablemente corresponde a una fase constructiva posterior a las murallas más antiguas.

No se trataba solamente de vigilar enemigos. Tébar ocupaba un lugar estratégico donde confluían caminos que comunicaban Lorca, Mazarrón y el litoral de Águilas.

Era, por tanto, un territorio de paso, pero también un lugar donde quedarse a vivir.

Y había una razón poderosa para hacerlo: el nacimiento de agua del Monte Nacimiento.

Los habitantes aprovecharon las escorrentías mediante bancales, boqueras y albercas. Aprendieron a conducir y almacenar el agua, a retenerla el tiempo suficiente para cultivar y sobrevivir entre una lluvia y la siguiente.

El agua era escasa, pero no estaba ausente.

III. Las cuevas: el mundo escondido bajo la montaña

Al sur del cerro del castillo se abre la Cueva de Tébar.

Las descripciones patrimoniales hablan de una entrada estrecha, formaciones de estalactitas y estalagmitas y presencia ocasional de agua en su interior. También recogen indicios de ocupación antigua, aunque no permiten reconstruir con precisión quiénes la utilizaron ni durante qué periodos.

La existencia de esta cavidad revela otra dimensión de la historia del agua: la que transcurre bajo nuestros pies.

En las rocas calizas, el agua de lluvia puede infiltrarse lentamente, circular por fracturas, disolver minerales y formar cavidades. Parte de esa agua puede volver a aparecer en manantiales situados a menor altitud.

Y no muy lejos, en el entorno del Talayón de Chuecos, existe otra cavidad conocida como Cueva del Agua.

El propio Ayuntamiento de Águilas la menciona entre los valores geológicos del Talayón, junto con otras formaciones subterráneas.

Todavía no sabemos si la Cueva del Agua está conectada hidráulicamente con el travertino, el rezume o el manantial de Chuecos. Tampoco podemos asegurar que forme parte del mismo sistema subterráneo que la Cueva de Tébar.

Pero su existencia nos recuerda que el paisaje visible es solamente una parte de la historia.

Bajo aquellas montañas podría haber una compleja circulación de agua que todavía conocemos de manera incompleta.

Fotos del interior de la cueva del castillo de Tébar. Foto: Lucía Córdoba Prieto.

IV. Chuecos, el castillo que protegía un manantial

A unos cinco o seis kilómetros de Tébar, otra fortaleza se levantaba sobre el valle: el Castillo de Chuecos.

Las fuentes patrimoniales lo consideran de origen islámico y plantean que pudo funcionar como un ḥiṣn, un castillo rural destinado a proteger a las comunidades agrícolas y controlar las rutas del territorio.

A sus pies se encontraba un manantial que hacía posible la ocupación humana y el aprovechamiento agrícola del valle.

Y aquí aparece uno de los episodios históricos más interesantes.

En el año 1285, una narración medieval sobre cautivos cristianos que escapaban de Vera menciona expresamente los castillos de Tébar y Chuecos. Ambos pertenecían entonces al rey de Castilla y contaban con guarniciones permanentes.

No es una leyenda inventada para adornar la historia: la referencia fue recuperada y analizada en la investigación arqueológica de Almela Legorburu y Martínez Bernal, publicada en 2021.

Aquellos dos castillos formaban parte de un mismo paisaje defensivo, conectado con Lorca y con los caminos hacia el mar.

Curiosamente, aunque pertenecían a un sistema territorial relacionado, no tenían por qué verse directamente: el Talayón de Chuecos se interpone entre ambas fortalezas, según la descripción de la ruta patrimonial de Chuecos.

Eran dos guardianes de la sierra, separados por una montaña y unidos por los caminos, las comunidades rurales y la necesidad de proteger sus recursos.

Panorámica del Catillo de Chuecos. Foto: Lucía Córdoba Prieto.

Paredes del interior de las ruinas del Castillo de Chuecos. Foto: Alejandro Moreno Garcia.

V. La balsa, la casona y las personas que hicieron de Chuecos su hogar

Panorámica de la casona de la finca castillo de Chuecos. Foto: Lucía Córdoba Prieto.

Los siglos pasaron. Cambiaron los reinos, las fronteras y los propietarios.

La función militar de los castillos fue desapareciendo, pero el agua continuó siendo indispensable.

En Chuecos permaneció una antigua balsa, tradicionalmente atribuida a época medieval, alimentada por el manantial. Su cronología constructiva exacta sigue pendiente de comprobación.

 

Más tarde, probablemente durante el siglo XVIII, apareció la gran casona señorial.
Con su ermita dedicada a San Joaquín, sus corrales, su bodega, su era y sus dependencias agrícolas, la finca se convirtió en un pequeño mundo rural.

Las fuentes históricas vinculan la propiedad con los condes de San Julián y sus descendientes, pertenecientes al linaje de los Pérez de Meca.

Pero la historia de Chuecos no la escribieron únicamente sus propietarios.
También la construyeron las familias de aparceros, los trabajadores del campo, quienes limpiaban las acequias, mantenían los bancales, cuidaban los animales y conocían el valor de cada nacimiento de agua.

No conocemos todavía sus nombres. Y precisamente por eso merecen un lugar en esta historia.

Porque mientras los documentos suelen conservar los apellidos de quienes poseían las tierras, la memoria de quienes las trabajaban muchas veces se desvanece con el paso de las generaciones.

Recuperar esa memoria es también una forma de conservar Chuecos.

Balsa Árabe de la Finca Castillo de Chuecos. Foto: Lucía Córdoba Prieto.

Bodega subterránea de ánforas en las que Preservaban el aceite y el vino. Foro: Lucía Córdoba Prieto

VI. Los tres pequeños reinos del agua

Y llegamos a un capítulo que todavía se está escribiendo.

En la finca de Chuecos, la investigación ecológica actual ha permitido reconocer tres pequeños cuerpos de agua con características muy diferentes.

El travertino: el oasis de la montaña

Allí donde el agua emerge y deposita carbonato cálcico, se desarrolla una formación geológica singular, acompañada por musgos y helechos como Adiantum capillus-veneris.
En el seguimiento de fauna de Chuecos, este punto destaca por la diversidad de visitantes, la presencia de especies que no aparecen en los otros puntos y la intensidad de las interacciones ecológicas: encuentros, concurrencias, depredación y cacería.

La charca artificial: el agua que volvió a crear oportunidades:

Impulsada por Domingo Jiménez Beltrán para favorecer la biodiversidad de la finca, esta charca demuestra que una intervención humana bien orientada puede contribuir a generar hábitats, favorecer la reproducción de anfibios y ampliar las oportunidades de supervivencia para diferentes especies.

El rezume: el nacimiento discreto:

En la cabecera de una rambla, donde el agua aparece casi tímidamente, el rezume mantiene un pequeño espacio de humedad que ofrece recursos a la fauna.
Las posibles huellas de aprovechamientos históricos cercanos plantean preguntas sobre cómo los antiguos habitantes pudieron modificar o utilizar este nacimiento. Por ahora, esa relación debe tratarse como una hipótesis.

Tres cuerpos de agua, tres formas de sostener la vida.
Uno es una formación geológica activa. Otro es el resultado de una intervención contemporánea de conservación. El tercero representa la persistencia de un pequeño nacimiento en un cauce mediterráneo.
Y todos comparten una misma enseñanza: en los territorios semiáridos, la importancia ecológica del agua no depende únicamente de su abundancia, sino también de dónde aparece, cuánto tiempo permanece y qué oportunidades ofrece a las especies.

Travertino

Charca Artificial

Rezume

VII. Cuando el agua de las montañas llegó a Águilas

Fuente de la plaza central del municipio de Águilas, Murcia. La balsa de la pava. Foto: Lucía Córdoba Prieto.

Pero la historia del agua de Chuecos y Tébar no termina en sus montañas.

En el siglo XVIII, cuando Carlos III impulsó el desarrollo del puerto y la población moderna de Águilas, el abastecimiento de agua era una necesidad fundamental.

Y fue entonces cuando las aguas de la sierra adquirieron una nueva importancia.

El nacimiento del entorno de Tébar fue canalizado mediante un acueducto que llevaba el agua hasta la población. La Fuente del Caño, también conocida como Fuente de Villanueva, se convirtió en un lugar esencial para el abastecimiento de sus habitantes.

La inscripción histórica de aquella fuente recuerda la construcción del acueducto y la fuente en 1787, durante el reinado de Carlos III.

Allí llegaban los vecinos con sus cántaros. Los aguadores llenaban sus recipientes para distribuir el agua por las calles. Los animales bebían en el abrevadero y los barcos que arribaban al puerto también se abastecían de aquella agua, apreciada por su calidad.

Un siglo después, en 1887, se construyó en la Glorieta otra fuente que los aguileños terminarían llamando cariñosamente la Pava de la Balsa.

En su centro se instaló la escultura de un cisne blanco con un reptil que le mordía el cuello. Por el pico del ave brotaba agua que, según la documentación turística regional, procedía de los manantiales de Tébar y Chuecos.

Y así, aquellos pequeños nacimientos de la Sierra de la Almenara terminaron formando parte de la vida cotidiana de Águilas.

El agua que brotaba entre las montañas llegó a las plazas, a los hogares, a los animales y a los barcos de una ciudad que crecía junto al Mediterráneo.

VIII. El agua que nunca dejó de contar historias

Hoy las torres de Tébar y Chuecos están en ruinas. La vieja casona guarda silencios que todavía no hemos aprendido a descifrar. De muchas de las personas que vivieron allí apenas conocemos sus huellas.

Pero el agua continúa contando su historia.

Lo hace en las cuevas donde la roca conserva señales de su paso, en las antiguas balsas que recuerdan la inteligencia de quienes aprendieron a almacenarla, en el rezume que mantiene húmeda una pequeña porción de rambla y en el travertino donde la biodiversidad se reúne como si aquel rincón fuera un oasis.

Lo hace también en la charca que Domingo quiso crear para darle nuevas oportunidades a la vida.

Y ahora sabemos algo extraordinario: el agua que durante siglos permitió habitar y cultivar estos valles también ayudó a abastecer a la población de Águilas.

Quizás esa sea la verdadera historia de Chuecos y Tébar.

No solamente la de dos castillos, una casona, unas cuevas o una antigua balsa.

Es la historia de cómo un recurso aparentemente pequeño fue capaz de conectar montañas y ciudades, comunidades humanas y animales, pasado y presente.

Porque mientras los castillos perdieron sus guardianes, las familias abandonaron sus antiguas casas y las generaciones fueron cambiando, el agua siguió cumpliendo su misión más importante: sostener la vida.

Y tal vez el mayor legado de Chuecos no esté únicamente en sus piedras, ni siquiera en sus castillos, sino en recordarnos que una pequeña gota de agua puede sostener un ecosistema, dar origen a un pueblo y unir la historia de toda una comunidad.

Texto: Lucía Córdoba Prieto. 

Ponte en contacto con Proyecto Chuecos

Horario de atención

Lunes a viernes: 9:00 - 18:00

Correo Electrónico

olgalucia.cordobap@um.es

Síguenos en redes sociales