CHUECOS: CUANDO EL TERRITORIO EMPEZÓ A HABLAR
Una historia dibujada entre ciencia, paisaje y memoria (2016-2025)
Desde 2016, la finca Castillo de Chuecos dejó de ser únicamente un paisaje del sureste ibérico para convertirse en un aula abierta, un laboratorio vivo y un refugio de preguntas.
Gracias al convenio impulsado entre la Universidad de Murcia y la finca, generaciones de estudiantes comenzaron a recorrer sus ramblas, laderas y manantiales aprendiendo a mirar la naturaleza de otra manera.
Pero mientras se realizaban censos, anillamientos, muestreos y prácticas de campo, también ocurría otra forma de observación: mas intimas, mas silenciosa.
Entre salida y salida, el profesor que acompañó este camino detenía el tiempo con pequeños dibujos realizados desde su teléfono móvil. No era solo apuntes. Eran fragmentos de asombro.
Esta colección reúne esos instantes.
Cada ilustración es una huella de la investigación, de la docencia y de la relación humana con el territorio. Una historia que comienza mirando aves... y termina comprendiendo que en Chuecos todo está conectado.
Autor: Francisco Robledano Aymerich- [Dibujado en una SAMSUNG Galaxy Tab 7]
El primer vuelo — Abubilla (2017)
La historia comienza en el patio de la Casa del Labrador. Allí, durante una de las primeras estancias con estudiantes del Máster en Áreas Protegidas, una abubilla levantó el vuelo dejando una imagen imposible de olvidar.
Años después, aquella escena seguía intacta en la memoria del autor, hasta convertirse finalmente en dibujo.
Como ocurre tantas veces en ciencia, lo importante no fue solo lo observado, sino aquello que permaneció latiendo después.
Sobre el castillo — Buitres leonados (2017)
Los buitres rara vez descienden sobre Chuecos, pero aquel día el cielo se abrió en círculos.
Treinta y seis buitres leonados sobrevolaron el castillo árabe y las laderas cercanas, convirtiendo el paisaje en una escena casi ancestral. Durante unos minutos, estudiantes y profesores dejaron de tomar datos para simplemente mirar hacia arriba.
Porque incluso en el trabajo científico hay momentos en los que la naturaleza impone silencio.
El pequeño dispersor — Colirrojo tizón (2017)
En un antiguo campo abandonado se desarrollaba un experimento para atraer aves capaces de dispersar semillas y ayudar a regenerar el paisaje.
Entre todas ellas, el colirrojo tizón no era el más eficaz… pero sí el más carismático.
Este macho, identificado mediante anillas de colores, representaba algo más que un individuo estudiado: era una prueba viva de cómo incluso las aves más pequeñas participan en la reconstrucción de los ecosistemas.
El manantial y los árboles desnudos (2018)
Antes de la primavera, cuando los árboles aún esperan las hojas, el entorno del manantial de Chuecos adquiere una belleza austera.
Las ramas desnudas alrededor del castillo se convierten entonces en refugio temporal para grupos de fringílidos que encuentran allí agua, descanso y protección.
En un territorio seco como este, cada punto de agua es mucho más que agua: es encuentro, movimiento y vida concentrada.
La voz antes de la luz — Collalba negra (2019)
El amanecer en Chuecos nunca comienza con imágenes, sino con sonidos.
Sobre los tejados del caserío, la collalba negra anuncia el día antes de dejarse ver. Su canto aparece entre las primeras luces, cuando todavía cuesta distinguir formas y sombras.
Los investigadores aprendieron pronto que estudiar la naturaleza también significa aprender a escucharla.
El halcón y el travertino desconocido (2021)
Después de un censo de aves, mientras otros compañeros muestreaban polinizadores, un halcón cruzó el cielo sobre un rincón que entonces parecía un simple afloramiento más del terreno.
Años después se comprendería que aquel lugar era en realidad un travertino de enorme interés ecológico.
La ciencia tiene algo de eso: muchas veces caminamos sobre descubrimientos antes de saber nombrarlos.
Esperando habitantes — Caja nido para herrerillo capuchino (2024)
En primavera de 2024 se instaló una caja nido frente al caserío, aprovechando un árbol ornamental ya trabajado por el pito ibérico.
Era un gesto pequeño, casi humilde, pero cargado de intención: ofrecer refugio.
El herrerillo capuchino llegó a explorarla. Quizá no supiera nada de proyectos, tesis o conservación. Solo encontró una oportunidad.
Y a veces conservar empieza exactamente así.
La charca que resiste — Charca naturalizada (2025)
El nivel del agua era bajo aquella primavera, pero la charca seguía latiendo.
Pinzones, tórtolas y muchas otras especies continuaban acercándose a beber en uno de los puntos más importantes del paisaje.
En regiones secas, la vida aprende a reunirse alrededor de lo esencial. Y Chuecos ha enseñado durante años que incluso los cuerpos de agua más modestos sostienen comunidades enteras.
La antigua mina de agua —Rezume (2025)
Lo que hoy parece un rezume deformado por el tiempo y por los jabalíes fue, hace décadas, una antigua mina de agua.
Ahora, las cámaras de fototrampeo revelan escenas discretas como esta perdiz acercándose a beber.
La historia humana y la historia ecológica se mezclan continuamente en Chuecos. Las infraestructuras abandonadas terminan convirtiéndose en refugios inesperados para la fauna.
Nada desaparece del todo; el territorio siempre reutiliza la memoria.
Donde todos terminan llegando — Ardilla en el travertino (2025)
La ardilla parece sorprendida ante la cámara.
Tal vez también sorprenda verla aquí, en el lecho de una rambla y no entre pinares. Pero el travertino se ha convertido en un punto de atracción para prácticamente toda la fauna de Chuecos.
Con el paso de los años, las investigaciones desarrolladas en la finca fueron revelando algo fundamental: los pequeños microhábitats sostienen grandes conexiones ecológicas.
Y quizá esa sea la verdadera historia de Chuecos.
Un lugar donde estudiantes, investigadores, aves, mamíferos, agua y paisaje terminaron encontrándose alrededor de lo mismo: la necesidad de permanecer vivos.
Texto: Lucía Córdoba Prieto.
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